Escribo esta carta desde mi pequeño paraíso sorprendido por el rumor incoherente y el griterío infame de los seres que llamándose sociales se agolpan en lugares según ellos más civilizados, donde no dejan de ser más que vecinos por obligación de un engranaje deshumanizado de algo que llaman convivencia..

Se empeñan en vivir adosados unos a otros porque la ciudad les ofrece oportunidades y luego sufren stress por ruido, se trastornan por un decibelio de más y pretenden convencerse de que eso que yo llamo esclavitud, resulta que es el daño colateral del progreso..
Durante la semana se sumergen en atascos, agendas de horarios imposibles y obligaciones que según defienden son fruto de su ambición competitiva y se dan de tortas por escapadas rurales donde respirar aire puro y recargarse de una energía que les mengua a pasos agigantados…
Abandonan el mundo rural como alma que lleva el diablo pero luego fomentan la necesidad de solucionar el problema de la España vaciada (que de toda la vida se diría vacía… Pero como lo moderno es trastocar la lengua ahora se dice vaciada, como si hubieran extraído de allí a la gente en un afán de despoblar con máquinas y promesas de avance y evolución)
Yo que me he quedado solo con mis tres vacas, mis gallinitas, mi huerto que me autoabastece y un paisaje que me invita a soñar… soy según los urbanistas el raro, porque mi ambición es levantarme cada día y vivir sin compararme con nadie, si pretender aparentar con ropajes caros, casoplones descomunales y máquinas a ruedas, o sea coches con marcas de las que presumir (yo tengo una bici y un burrito) mientras que ellos adornan su exterior porque tal vez, vaciada, lo que se dice vaciada.. se les está quedando el alma.
Sé que no a todos gustará la reflexión de este loco que abraza árboles y camina sin dirección, ni más brújula que su instinto, pero a día de hoy prefiero mil veces este silencio que a menudo se ahoga en mi, que todo el ruido que irremediablemente les ahoga a ellos.
Pisen la tierra, la arena del mar, toquen el agua de un río y salpíquense de lo más prehistórico de nuestra existencia y fíjense en árboles centenarios para aprender de ellos el arte de la soledad y la sabiduría..
Como diría una amiga a la que he mandado esta carta porque ella tiene bastante de ermitaño, pasen embuen día.. Pero recuerden que la naturaleza no necesita adornos para ser hermosa.. Y ustedes son naturaleza.