Quien pueda decir que le han dolido los huesos de querer a alguien, sin que quede la cosa en una frase bonita con tintes de Neruda, puede tranquilamente hacer confesión de haber vivido. No hay manera de querer más que con esa sensación de dolor de huesos, de sangrado interno y de miembros conmovidos. El amor no está en el corazón: está en todos los órganos y en todas las funciones que nos mantienen vivos.

El verdadero amor es un amor visceral, de puras entrañas expuestas al aire. Todo lo demás no es amor: es cariño.

Me quedo con Neruda porque es más carnal que etéreo. Porque en sus versos se palpa la necesidad de hacer físico el sentimiento. Porque transmite un oscuro placer en el dolor de la ausencia, de la lejanía. Porque me parece que querer con un sentimiento tibio es la mayor de las ofensas que puede hacerse al que es querido sin pasión.

La diferencia entre el tibio cariño -ese sexo con amor de los casados que cantaba Sabina- y el amor en condiciones es tan grande, que no entiendo cómo pueden confundirse los dos sentimientos. Menos mal que tenemos a Neruda:

“Pero tú y yo amor mío estamos juntos,
juntos de agua, de otoño, de caderas,
juntos desde la ropa a las raíces”.

Neruda nos muestra que las facetas del amor son infinitas, que hay pasión, y que también hay momentos de profunda ternura. Cuando el deseo se despierta, se sacia, se adormece y resucita siguiendo un perfecto ciclo que une cuerpo sensitivo y mente enamorada se toma conciencia de lo importante que es el amor en la vida. De hecho son prácticamente la misma cosa, con la diferencia de que solo para vivir hay que tener una razón.

Lo otro -el cariño y la tibieza- es un dejar pasar la vida a ver si la cosa va cambiando.