El mundo del flamenco me ha rondado siempre de forma inesperada, sin conocerlo ni entenderlo he vivido momentos únicos, y he bebido de fuentes privilegiadas. Uno de mis mentores me incluyó hace años en una entrevista a Enrique Castellón, el Príncipe Gitano, en el Hotel Ritz de Madrid. Entonces se fumaba mientras tomábamos café con pastas, y Enrique me iba enumerando los estragos que el tabaco hace en la garganta.

-Mire usted, don Enrique, yo de flamenco no tengo ni idea. Si tuviera que preguntarle algo sería sobre las películas en las que ha actuado, o sobre cómo entiende la vida un hombre como usted.

-Es que éste no es el sitio.

Y antes de darnos cuenta estábamos en una taberna cerca de la Puerta del Sol que tenía en la puerta un cuadro grande de una niña descalza que empuñaba dos pistolas. Allí mismo, a capella, me cantó por Elvis Presley en un inglés tan gitano que el sentido de la realidad terminó perdido por completo. In the ghetto se llamaba la canción. Fué uno de esos momentos mágicos en los que ya no tiene sentido preguntar cómo entiende la vida un artista, si es que alguna vez lo tiene. El artista moldea su circunstancia y hace de la vida lo que va queriendo. El Príncipe Gitano me iba hablando de su hermana Dolores, de Rocío Jurado, de Camarón.

-Hay gente de la que se aprende mucho, para lo bueno y para lo malo, pero cuando se tiene delante a un genio el mundo se para a escucharlo.

Lo decía por otros, qué cosas… Miren ustedes, para bien o para mal, como me dijo Enrique Castellón, yo he conocido en mi vida gente de cuerda especial; pero entre esa gente ha habido siempre un fondo de orgullo desmedido o a duras penas controlado. Tener delante a un genio con la sencillez del Príncipe Gitano no era una experiencia para olvidar. Hace unos días supe que estaba enfermo por su hija Lola, que es la esposa de mi querido compañero y amigo Ignacio Fernández Candela. Saber de quién era hija Lola Castellón me hizo tomar conciencia de hasta qué punto giran los resortes de la vida, y cómo se reduce todo a la extensión del pañuelo que llevaba Enrique, bien doblado, en el bolsillo de su chaqueta.

En estos momentos la familia se prepara para despedir al hombre, en estas circunstancias especialmente duras. Pero la despedida del genio nos alcanza a todos. Y mientras es posible obsequiarle con el homenaje que merecen los artistas de su talla, sean compañeros de este último viaje el recuerdo de todo lo vivido con su arte y el silencio del mundo que se detiene a escuchar cómo se marcha un genio. Desde esta tierra gaditana de flamenco y sentimiento le acompaña hoy esa niña que entonces tenía veintipocos años, y apagó el cigarro en aquella mesa del Ritz para que no la riñera, con mucha ternura, el Príncipe Gitano.